Cuentan que, más allá de los Montes de Hielo, más de la Ciudad de Cristal, habita la Emperatriz en un deslumbrante palacio, tan grande que sus torres más altas rozan las nubes, y tan delicado que parece creado con gotas de lluvia. Su pelo era más dorado que el propio oro, y sus manos más blancas que la luna.
Fue ella la que se ofreció voluntaria para el sacrificio necesario por su pueblo de esquimales. Si no lo hacía, ella más su comunidad morirían por culpa de su dios, el rey Factisis, que desde hacía décadas se alimentaba de animales que el pueblo pasturaba, y como que ahora a causa de las heladas se han muerto los animales, se le tiene que continuar dando comida, pero ahora gente humana. Si no se efectuaba el ritual, caería la peor maldición de todas en toda la comunidad. Así que, como nadie quería salir para ser capturado por Factisis, salió ella, la Emperatriz.
El día siguiente (el día del ritual), ella se presentó delante del precipicio dónde se efectuaban todas las ofrendas hacia el dios. Ella se disfrazó de oveja, porqué si no lo hacía, dubtaban de que el dios se la queriese llevar.
Caminó hacía el precipicio de cuatro patas, y cuando llegó empezó a ver a la luz blanca cegadora que salía del cielo. El pueblo estaba pendiente de la situación, cuando el dios, se paró ante ella, y se la miró de arriba a abajo. Después de eso, Factisis la cogió por una pata, observándola más de cerca, y sólo se le ocurrió soltar un grito. "Beeeeee, Beeeeeeee, Beee!!".
El dios, cuando se dió cuenta de que no era una bestia, se enfadó, lanzó a la Emperatriz hacia su pueblo, e lanzó la maldición sobre todo el pueblo asistente.
Ellos acabaron siendo immortales, pero a la vez, moribundos, sin poder comer nunca más. Para más que intentasen morder algun tipo de comida, ésta desaparecía, e se transladaba hacia el reino de Factisis. Además, estaban obligados a cultivar comida para él y su reino para toda la eternidad.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada